La toxicología

La noción del veneno es muy antigua. Desde la más remota Antigüedad, el conocimiento de las propiedades tóxicas de algunas sustancias existentes en la naturaleza permitía a los iniciados utilizarlas con objeto de perjudicar la salud de sus
semejantes o de provocar su muerte en un plazo más o menos breve; los tipos de envenenamientos estaban ya perfeccionados, como lo prueba la misma etimología de la palabra tóxico; tóxico procede del griego «toxsn», que significa «flecha»;
literalmente, una sustancia tóxica es una sustancia destinada a envenenar las flechas.
Por lo tanto, el procedimiento moderno de intoxicación por vía hipodérmica fue utilizado ya por los pueblos primitivos para asegurarse la muerte de sus enemigos.
Ciertamente, la humanidad se ha preocupado siempre mucho por utilizar y perfeccionar los medios de matar. Por esta razón el empleo de venenos ha sido durante mucho tiempo patrimonio del crimen y del suicidio.
La toxicología era esencialmente, pues, una ciencia médico-legal que permitía aportar a la justicia la prueba del crimen por envenenamiento. Cierto que este cometido es ya muy importante, pero sólo refleja uno de los aspectos de la actividad del toxicólogo.
Algunos de los venenos llamados criminales pueden provocar, por hábito, la degeneración física y moral del individuo. Tales son la morfina, la cocaína y el hachís, entre otros estupefacientes. Es necesario el conocimiento de las toxicomanías si se
quieren combatir con eficacia estos azotes sociales y si se pretende educar y curar a sus desdichadas víctimas. El cometido del toxicólogo en la Oficina Internacional de Estupefacientes ha permitido reglamentar la producción y el consumo de estas
drogas, a veces indispensables como calmantes del sufrimiento, pero siempre nefastas si su empleo es abusivo.
El veneno ingerido a pequeñas dosis repetidas puede igualmente alterar las funciones del organismo cuando, en el transcurso de manipulaciones industriales, algunos obreros son víctimas de sus efectos nocivos. Esta es la base de la toxicología
industrial, complemento indispensable de esta nueva rama de la medicina —la medicina del trabajo—, cuyo afortunado desarrollo permite proteger la salud de los obreros. La intervención técnica del toxicólogo es preciosa en este campo, tanto si se trata de resolver problemas de detección de tóxicos en la atmósfera de un taller como si se trata de dictar medidas profilácticas.
Por paradójico que parezca asociar los términos alimentación y toxicología, debemos convencernos de que el conocimiento de los venenos es necesario en higiene alimentaria, ya sea a causa del desarrollo de los productos de sustitución, el estudio
de cuyo valor alimenticio exige el complemento constante de un ensayo de toxicidad —o, más bien, de no toxicidad—, o bien a causa de la reprobable tendencia que se tiene actualmente a adicionar productos antisépticos considerados como inofensivos a
los alimentos destinados a ser conservados. Es lamentable que se busque sustituir la técnica de conservación tan perfecta de F. Appert por un método que es nocivo y denota desidia.
No hay cuestiones de higiene general que no interesen al toxicólogo, ya se trate de tomar las medidas necesarias para combatir la contaminación del aire de las ciudades causada por los gases nocivos o los humos industriales, o bien de la práctica de las operaciones de desinfección o de desratización.
Finalmente, en este orden de ideas, la fitotoxicología es la rama más joven de la toxicología; su desarrollo, de fecha reciente, es de una utilidad indiscutible. Gracias a un conocimiento profundo de los venenos, es posible apoyarse en su acción, bienhechora en este caso, para asegurar la destrucción de los parásitos de los vegetales y aumentar así dc forma importante el rendimiento de las cosechas. He aquí un resultado del que no podemos dejar de apreciar ahora las provechosas consecuencias.
Pero, al lado de estas cuestiones de un interés práctico evidente, quedan otras en las que la aportación del toxicólogo es igualmente notable y que fueron puestas en evidencia de forma magistral por Claude Bernard.
En su lección inaugural en el Collége de France, en 1836, Claude Bernard resaltaba el provecho que puede sacarse de las sustancias tóxicas mediante su empleo juicioso y prudente: «Los agentes tóxicos —declaraba— pueden ser considerados como
instrumentos fisiológicos más delicados que los medios mecánicos, y destinados a un minucioso examen de las propiedades anatómicas del organismo viviente: son “verdaderos reactivos de la vida”». Conocemos la magnífica obra de Claude Bernard,
que pudo resolver numerosos problemas de fisiología al sacar las conclusiones adecuadas de experimentos realizados con el curare, la estricnina, la nicotina o el éter.
Y desde entonces, muchos fisiólogos han seguido el ejemplo del maestro.
Continuando sus investigaciones sobre los efectos de las sustancias medicamentosas y tóxicas, Claude Bernard demostró que, entre los venenos y los medicamentos, la diferencia solo residía, en definitiva, en una cuestión de dosis. A la acción beneficiosa de una sustancia que permite prever su empleo curativo frente a determinados trastornos orgánicos, sucede, por administración de una cantidad algo más elevada, una acción nociva puesta en evidencia por accidentes más o menos graves y a veces mortales. Es decir, todo terapeuta, todo farmacólogo, debe emprender, con el estudio de un medicamento, un examen toxicológico profundo para establecer la toxicidad del producto, su modo de localización o su ritmo de eliminación, datos que es indispensable precisar con exactitud si se quiere fijar su posología o su mecanismo de acción en el organismo.
Estos son los objetivos esenciales de la toxicología moderna, objetivos que se desarrollarán en esta obra para resaltar la importancia de su evolución en las más variadas ramas de la actividad humana. Por la extensión de su campo de acción, la
toxicología ha llegado a ser no sólo una ciencia social de indudable utilidad, sino que sus relaciones con la fisiología y la farmacología hacen de ella una ciencia biológica que aporta su preciosa contribución al estudio de los fenómenos de la vida.
Para realizar tales objetivos, el toxicólogo experimental debe abordar la investigación y la identificación de los venenos orgánicos y minerales mediante técnicas al abrigo de toda crítica, basadas en el conocimiento profundo tanto de la experimentación física y fisiológica como de la química. El toxicólogo ya no puede ser tan sólo un hábil analista químico, sino que debe ser, además, un físico y un biólogo, tal como se verá por las consideraciones que nos proponemos desarrollar.
El problema toxicológico puede resumirse con el enunciado del principio siguiente, que es evidente: es preciso conseguir aislar de las vísceras o de los líquidos del organismo la totalidad del tóxico que allí se encuentra; pero este tóxico está en una dilución de algunos miligramos para varios centenares de gramos de órgano.
Conviene, pues, imponerse en las técnicas con suficiente dominio como para realizar esta extracción de la manera más completa posible, evitando todas las causas de errores o de pérdidas que pueden producirse en cada una de las numerosas
manipulaciones que se suceden en el curso de la extracción.
De hecho, este problema es muy delicado; sí bien es posible efectuar una separación cuantitativa cuando se trata de diluciones menos ínfimas o de medios menos complejos, no es en absoluto lo mismo cuando se trata de las condiciones verdaderamente toxicológicas. Fenómenos de adsorción, de volatilización, de arrastre, pueden ocasionar pérdidas importantes. Impurezas de separación muy difícil acompañan a los tóxicos en el transcurso de las purificaciones, y la valoración por
pesada en la microbalanza o por colorimetría comporta, por lo tanto, una causa de error considerable, en especial si se tiene en cuenta la pequeña cantidad de tóxico que interviene.
El problema, que es ya difícil cuando se trata de órganos de alguna importancia:
hígado, cerebro, riñones, etc., lo es mucho más si no se vigilan con la mayor atención las pérdidas posibles, cuando se trata de un veneno contenido en una hipófisis, en un ganglio nervioso o en el líquido cefalorraquideo, extracción que a veces es de gran interés. Esto indica que el toxicólogo debe verificar con el mayor cuidado, con toda minuciosidad, la técnica que utilizará en sus investigaciones, preocupación primordial que, a decir verdad, ha sido la de los investigadores que han hecho progresar verdaderamente la ciencia toxicológica.
Cuando ya se ha extraído el veneno en cl mayor estado de pureza posible debe ser caracterizado con seguridad y, aquí también, las dificultades son numerosas.
En los tratados de toxicología es frecuente encontrar la descripción de experiencias de control o de reacciones de identificación, para las que la cantidad de sustancia tóxica en juego es del orden de varios centigramos. Y, sin embargo, es raro encontrar en los órganos cantidades tan importantes de venenos, susceptibles de ser identificadas por medio de reacciones tan poco sensibles.
Las reacciones coloreadas, generalmente empíricas, son, tal como se ha comprobado en muchos casos, insuficientes para identificar con seguridad algunos alcaloides, pues pueden ser interferidas por causas muy diversas. La conclusión del analista es mucho más segura si ha podido determinar con precisión una constante física específica, o si ha constatado con seguridad una propiedad biológica absolutamente característica del tóxico en cuestión.
No por una reacción química, sino por un cardiograma, es como se identificará el veneno de la digital extraído de un miocardio. Por otra parte, es por la determinación de un espectro de absorción en el ultravioleta o de un espectro de fluorescencia que se diferenciarán muchos alcaloides de las ptomaínas, sustancias todavía poco conocidas que se forman durante la putrefacción. En efecto, algunos reactivos dan resultados análogos con estas dos clases de sustancias, lo que impide una conclusión segura basada solamente en una reacción química.
El toxicólogo debe también abordar la caracterización de venenos orgánicos de naturaleza química aún desconocida y cuya acción es nociva a concentraciones muy pequeñas; este problema es de un interés constante en la actualidad, en especial en el estudio de las toxinas. En este caso, las reacciones biológicas, e incluso bacteriológicas, son las más útiles, ya que las toxinas, salvo muy raras excepciones, no han podido ser aisladas puras hasta el momento; por ello sólo pueden caracterizarse y definirse poniendo en evidencia una propiedad fisiológica específica. El envenenamiento por natillas y similares, que es un ejemplo típico de intoxicación alimentaria, prueba que en estos casos de excepcional gravedad, la solución viene dada por las técnicas bacteriológicas y no por los reactivos químicos.
Los métodos empleados por el toxicólogo deben adaptarse igualmente a la resolución del problema de la toxicología industrial, en la que la sagacidad del experimentador será duramente puesta a prueba, ya que a menudo se trata de la detección y valoración de productos nocivos gaseosos o volátiles, cuya eliminación, en general, es bastante
rápida. Las técnicas de análisis de gases se han perfeccionado considerablemente; en la actualidad, incluso a las grandes diluciones propias de las intoxicaciones profesionales, es posible obtener respuestas satisfactorias en la mayoría de los casos.
Pero, cuando el análisis no resuelve el problema, convendrá orientar las investigaciones hacia la detección de los productos de transformación de los tóxicos en el organismo. En este caso, gracias al análisis de sangre o de orina, será posible
aportar un elemento útil al descubrimiento de enfermedades profesionales.
Además, incluso cuando después de haber desarrollado su efecto tóxico, los venenos gaseosos desaparecen sin dejar trazas identificables, el toxicólogo no debe estar desarmado; deberá orientarse hacia los productos de modificación de los elementos de la sangre bajo la influencia de estos venenos. En el bencenismo, por ejemplo, las modificaciones de la fórmula leucocitaria o de la coagulación sanguínea proporcionan un elemento útil para el diagnóstico de esta enfermedad profesional.
Asimismo, la presencia de hematíes con granulaciones basófilas constituye uno de los caracteres más frecuentes del saturnismo, y esta investigación no debe ser olvidada por el toxicólogo, ya que si bien no es tan específica como el aislamiento del plomo de la sangre o de la orina, permite el descubrimiento rápido de esta intoxicación y la determinación inmediata de las medidas profilácticas a adoptar.
Por lo expuesto hasta aquí vemos cuáles son los problemas que debe resolver el toxicólogo desde el punto de vista técnico. Habida cuenta de que la ciencia de los venenos ha evolucionado en sus objetivos, que debe preverse cada vez con mayor
frecuencia la intoxicación en su forma lenta e insidiosa y que los productos nocivos han superado el número limitado de los tóxicos clásicos, es evidente que los métodos de experimentación en esta ciencia han evolucionado en función de los importantes progresos realizados desde principios de siglo en química, física y fisiología. En el Capitulo II indicamos algunos de los resultados ya obtenidos y lo que queda por conseguir para que cl toxicólogo pueda asegurar, de la forma más perfecta posible, su noble tarea encaminada a la protección de la salud de los hombres.