Los envenenamientos accidentales de origen medicamentoso pueden tener por
causa un error cometido por el mismo enfermo, por los que lo rodean, por el
médico o por el farmacéutico.
El enfermo puede envenenarse de manera involuntaria tomando un frasco por
otro; tales confusiones son frecuentes, y nunca se recomendará con suficiente
insistencia a los farmacéuticos que velen por un etiquetado legible de los
medicamentos, indicando el modo de empleo y siguiendo las prescripciones
reglamentarias para el color y la forma de las etiquetas.
Pero, a menudo, la intoxicación es menos involuntaria si el enfermo quiere
asegurar personalmente la terapia de su afección.
Este es el caso de un industrial de Pittsburg que, por atribuir a una agua artificial
que contenía radio, en boga en Estados Unidos, propiedades revigorizantes
excepcionales, la ingirió cotidianamente en dosis elevadas durante varios meses;
murió de los accidentes clásicos de intoxicación por el radio: necrosis ósea,
afección medular y sanguínea, etc.
Desde hace algunos años la quimioterapia ha hecho grandes progresos y muchas
afecciones microbianas son yuguladas por la administración, según una
posología bien establecida, de sulfamidas, productos sintéticos existentes en el
comercio bajo denominaciones muy diversas. A dosis demasiado elevadas, estos
medicamentos provocan diversos accidentes sanguíneos más o menos graves.
Por otra parte, el peligro de una medicación sulfamídica no controlada consiste
en el desarrollo de la sulfamido-resistencia, caracterizada por el hecho de que los
microorganismos se habitúan al medicamento y se vuelven insensibles a su
acción. El gonococo entra en este caso, y numerosos enfermos que sufren una
gonorrea se establecen una terapéutica personal; naturalmente, sufren intoxicaciones,
generalmente pasajeras por fortuna, que cesan con la supresión del
medicamento. Se observan fenómenos idénticos por el empleo abusivo de
antibióticos.
Ocurre lo mismo con ciertos derivados nitrados aromáticos que poseen la
propiedad de activar la combustión y provocar la desaparición de capas grasas
poco estéticas. Por ello, muchas «elegantes» que sufren «lipofobia» los han
usado inmoderadamente y han sufrido las consecuencias.
Como envenenamientos accidentales imputables a los que cuidan enfermos,
podemos citar la confusión de una enfermera que administró enemas de solución
concentrada de cloruro de cinc en lugar de glicerina, debiéndose su negligencia a
la parecida viscosidad de ambos medicamentos.
A menudo el error imputable al médico es debido a un lapsus calami o a una
imprudencia en la prescripción. La posología de los medicamentos se basa, en
general, en una experimentación suficiente, pero, a veces, pueden tener lugar
accidentes por intoxicaciones debidas a la administración de dosis demasiado
elevadas o a una especial sensibilidad del enfermo, lo que es frecuente en la
antipirina o los salicilatos.
Finalmente, la intoxicación puede ser debida al farmacéutico: este se equivoca
raramente en la cantidad dcl medicamento, pues en sus estudios ha aprendido
con precisión las dosis terapéuticas y tóxicas de los productos medicamentosos.
El error resulta más a menudo de una confusión entre dos medicamentos de
aspecto parecido, uno de los cuales es inofensivo y se administra a dosis
relativamente elevadas, mientras que el otro es muy tóxico. Es el caso del sulfato
magnésico, sal purgante de uso corriente, y del sulfato de cinc, antiséptico y
astringente de uso externo.
Como sustitución fatal de la que era responsable el farmacéutico, citemos el
envenenamiento mortal que tuvo lugar en la región del oeste francés por
administración dc estricnina, alcaloide muy tóxico, en vez de santonina,
vermífugo empleado frecuentemente en terapéutica infantil. Esta confusión
procedía de la analogía de nombres de dos productos que se colocan cerca en el
armario de tóxicos. Para evitar la renovación de tal posibilidad de error,
actualmente estos dos productos en Francia se incluyen en categorías distintas y
deben colocarse en armarios diferentes, distinguiéndose por unas etiquetas de
color rojo, anaranjado y verde, respectivamente. En verdad, estos accidentes son
muy raros, y los enfermos pueden estar tranquilos; los médicos y los
farmacéuticos, además, son perfectamente conscientes de su responsabilidad y
saben la posología de los medicamentos; la protección de la salud pública está
asegurada por especialistas cuyas ciencia y conciencia constituyen las mejores
garantías.
Conviene destacar que entre las víctimas de los envenenamientos accidentales se
encuentran, sobre todo, niños. Hace ya años, tanto en Francia como en otros
países, me esfuerzo en llamar la atención de los usuarios sobre el peligro que
presentan muchos productos medicamentosos, higiénicos o de uso doméstico,
dejados sin precaución al alcance de los niños. Esta campaña ha dado finalmente
sus frutos, pero no se debe desaprovechar ninguna ocasión de advertir a las
madres sobre la frecuencia de los accidentes observados en los niños a
consecuencia de la negligencia o de la ignorancia de los padres. Los consejos
que di en una conferencia para posgraduados en la Facultad de Medicina de
París, hace ya algunos años, prueban la importancia, hoy ya reconocida, de estos
peligros.










