Toxicologia e higiene general
Hay numerosos problemas de urbanismo que sólo pueden solucionarse si se
tienen en cuenta las posibilidades de intoxicación que resultan inevitables para
los habitantes de las ciudades, a causa de las condiciones de vida de las
aglomeraciones superpobladas.
Tanto en los Consejos departamentales de higiene como en el Consejo Superior
de higiene dc Francia, cuestiones muy diversas requieren la colaboración de los
toxicólogos para encontrar una solución satisfactoria.
Un problema dc permanente actualidad es el del aire de las ciudades y las causas
de contaminación de la atmósfera que allí se respira.
Una atmósfera pura, constituida esencialmente por una mezcla de oxígeno,
nitrógeno, gases nobles, vapor de agua y anhídrido carbónico, prácticamente
sólo se encuentra lejos de las ciudades, en pleno campo, mar o en zonas altas.
En efecto, la atmósfera de las aglomeraciones que ciertamente presenta una
composición global próxima a esta atmósfera teórica, contiene además, trazas de
sustancias anormales que modifican profundamente sus propiedades biológicas.
En los suburbios industriales de Chicago, el aire contiene, en miligramos por
metro cúbico, es decir, para 1.293 g:
Cloro 0,2
Compuestos oxigenados de azufre expresados en SO21
Vapores nitrosos 0,01
Amoníaco 0,005
Óxido de carbono 4
Polvo en suspensión 1,7
El peso total de estas impurezas es despreciable, pero el efecto nocivo, sin
embargo, es importante. La atmósfera de París está sujeta a contaminaciones
análogas, y, dada la importancia del cinturón industrial de la capital francesa,
cabe preguntarse si no merece el desagradable sobrenombre de Edimburgo, Auld
Reekie, « La vieja ahumada».
Es evidente que los humos de las fábricas y de los hogares y los gases de los
tubos dc escape de los motores de automóviles contribuyen mucho a hacer
nocivo el aire, en especial para los niños de corta edad. Estos a causa de la
fragilidad de las mucosas (le su aparato respiratorio, sufren rino-faringitis y
adenoiditis, que sólo desaparecen al cesar la causa (le la irritación, es decir,
cuando dejan la gran ciudad durante las vacaciones.
Pero no olvidemos que diariamente atraviesan nuestros pulmones de 12 a 14 m3
de aire, que deja en ellos sus residuos tóxicos, que, por más diluidos que estén,
con el tiempo tienen un efecto nocivo seguro.
El aire de las ciudades no solamente está contaminado por gases o polvo
minerales, sino también por polvo vegetal y animal transportado por las nieblas
que perjudican constantemente la limpidez de la atmósfera de las ciudades.
Ya he citado ante anteriormente los accidentes acaecidos en el valle del Mosa y,
desde entonces, se han producido otros accidentes masivos en Donora, cerca (le
Pittsburg, en Los Ángeles e igualmente en Londres, donde, contrariamente a las
presisiones, ummas condiciones meteorológicas especiales provocaron una
acumulación a nivel del suelo no sólo (le productos azufrados, anhídridos
sulfimrosos y sulfúricos —cuyas acciones se potencial izan—. sino tambiémí de
l)ro(ltJctos (le combustión incompleta (le gasolinas y aceites Diesel. productos
quizá todavía mal definidos, pero de acción nefasta segura, no sólo sobre los
organismos humanos. sino también sobre los vegetales. Conocemos los peligros
del smog londinense, que con frecuencia produce numerosas víctimas.
A este respecto, quisiera dar un ejemplo de observación corriente que prueba la
sensibilidad del reactivo vegetal. Cuando, durante la ocupación de París por los
nazis, la circulación rodada era muy poca, las paulonias de alguimas plazas de la
capital llegaron a florecen desde que la densidad de circulación aumentó,
nímnea mas se han podido admirar sus hermosos colores violeta primaverales:
de tal manera acusan los organismos vegetales su seímsibilidad a los gases de
comnbimstión (le los motores de automovil.
Una consecuencia importante de la contalumnación del aire es la interceptación
de los rayos ultravioleta, cuya acción es tan preciosa, tanto desde .1 pumíto de
vista de la calcificación del esqueleto de los niños —por activación del
ergosterol de los tejidos—, como desde el punto de vista bacteriano. No
olvidemos que. si en Spitzberg prácticamente no se detectan gérmenes
bacterianos, en la plaza de la Concordia de Paris se encuentran 640/m3 a las 7
horas, y 880.000/m3 a las 19 horas; en la avenida du Bois, a las 19 horas la cifra
es del orden de 400.000/m3. La mayor parte de estos microbios son saprofitos,
pero pueden introducirse agentes patógenos que encuentran un buen terreno de
desarrollo en el aparato respiratorio de los ciudadanos sometidos a la acción
irritante de los gases corrosivos.
Con toda la razón, los higienistas se han preguntado si no se podrían suprimir los
humos de las grandes ciudades, que causan constantes perjuicios a la salud de
sus habitantes.
Esto es lo que intentó hacer en Francia Morizet, autor de la ley que lleva su
nombre, y que, desde el 20 dc abril de 1932, dio a los poderes públicos las armas
necesarias, cuando la opinión, advertida por los trabajos de higienistas y
toxicólogos, técnicos y meteorólogos reclamaron urgentemente una protección
eficaz.
Parece que la industria ha admitido finalmente que el humo es un mal, no sólo
para la salud pública, sino también para las finanzas del industrial. Un humo que
sale de la chimenea de una fábrica formando penachos densos y opacos no es en
absoluto un signo de prosperidad —al contrario de lo que piensan los
dibujantes—, sino el signo evidente de una combustión imperfecta.
Ciertamente, la técnica necesaria para suprimir el humo no es fácil; incluso hay
industrias en las que los humos juegan un papel reductor indispensable, como la
industria de la porcelana. Pero cuando las llamas sólo deben cumplir un papel
calorífico, el humo puede y debe desaparecer.
Además, ha bastado señalar la importancia del problema a los ingenieros para
que sc aportaran rápidamente soluciones a esta enojosa situación.
Para las combustiones domésticas la cuestión es diferente. En las ciudades, cada
apartamento posee una chimenea que, en general, da humos; además, cuando
una chimenea particular humea lo hará siempre, ya que las condiciones de
combustión no son fácilmente modificables. Administrativamente, no es posible
perseguir todas las contravenciones que correspondan a chimeneas que humean
por combustión mal regulada.
Afortunadamente, la técnica progresa; existen ahora fuentes de calor sin humo;
el gas, el coque, la electricidad y, además, la calefacción urbana, aporta una
solución perfecta desde el punto de vista higiénico y económico; no podemos
por menos que desear su rápida realización.
El problema de la contaminación del aire por los gases de escape de los
automóviles inquieta a los higienistas en todas las grandes aglomeraciones. En
circunstancias normales hay que prever un aumento del número de automóviles
y, desgraciadamente, el volumen de gases nocivos desprendidos es siempre el
mismo para cada uno.
Los motores de automóviles desprenden humos, ante todo si están mal regulados
o engrasados en exceso; también lo hacen al final de su existencia, cuando los
cilindros toman forma ovalada y los segmentos están gastados.
Pero un automóvil desprende otras cosas además de humos. Si el coche humea,
el conductor se da cuenta inmediatamente de que algo funciona mal, pero, de lo
que no se apercibe jamás, es del óxido de carbono, producto constante de la
combustión incompleta, que los gases del escape contienen entre el 5 y el 8 %,
cifra considerable si recordamos la toxicidad del óxido de carbono, peligroso
cuando la concentración es del orden del 1 al 2%. La atmósfera de los garajes
debe estar constantemente ventilada para evitar que se vuelva nociva, y podemos
pensar que las intoxicaciones son frecuentes, ya que la ventilación no siempre es
perfecta.
En los mismos automóviles, cuando están cerradas las ventanillas, hay que temer
accidentes en caso de que haya comunicación entre ci escape y la atmósfera
cerrada del coche.
Pero existe una intensa circulación de automóviles y, desde el punto de vista
urbanístico, este es el problema más grave en algunas calles estrechas; las
paradas obligatorias de la circulación provocan el desprendimiento de gases, que
se difunden mal y se estancan bastante tiempo, hasta el punto de transformar la
atmósfera en nociva.
La circulación horaria del 22 al 28 dc junio de 1936, entre las 15 y las 19 horas,
fue la siguiente en París:
Cruce Champs Elysées - Chevaux de
Marly 3.944 automóviles
Rue Royale - Rue Saint Honoré 4.271
Rue Drouot - Grandes bulevares 3.551
Rue de Rivoli - Bulevar Sebastopol 2.885
y desde entonces el aumento ha sido considerable. Esto significa, en los puntos
más concurridos,
más de 70 automóviles por minuto, más de uno por segundo. En estos cruces, E.
Kohn-Abrest encontró cantidades de óxido de carbono que varían de 1/100.000
a 20/100.000 al nivel de los tubos de escape, y de 4 a 6/100.000 a una altura de
1,60 m.
Niveles de 0,25/1.000 bastan para provocar los primeros malestares, y
0,50/1.000 da lugar a vértigo y a una disminución de la capacidad de trabajo al
cabo de una hora aproximadamente. Precisamente, estas cifras se han
encontrado a veces en París, lo que explica los malestares observados (náuseas,
trastornos gastrointestinales), en ocasiones, en los agentes de la circulación.
Afortunadamente, en París, la diversidad de direcciones de las calles asegura una
ventilación relativamente regular y se observan raras veces trastornos serios. Sin
embargo, los agentes de la circulación de la plaza de la Opera se relevan cada
hora y media en vez de cada dos horas.
El problema mantiene toda su gravedad para los habitantes dc las plantas bajas o
los pisos inferiores de las calles estrechas y muy concurridas.
La cuestión del plomo-tetraetilo ha preocupado durante mucho tiempo a los
higienistas y toxicólogos.
Esta sustancia, empleada en muchos países en los motores de automóviles o de
aviones como antidetonante, ha suscitado numerosísimas investigaciones, en
especial en Gran Bretaña y en Estados Unidos. Aunque es bien conocida la
toxicidad del plomo-tetraetilo, uno de los venenos nerviosos mas activo, no
parece que el uso de este producto a una dilución de 1/1.000 a 1/2.000 en la
gasolina de automóvil sea la causa de los aumentos apreciables del contenido de
plomo en los polvos de Londres o en la orina de muchos individuos señalados
por Kehoe en Cincinnati, o por la comisión británica encargada de este estudio,
en la que figuraban científicos tales como Willis, Buchanaíi, Dixon o Willcox.
Citemos algunas cifras al respecto: en Londres, en 1 m3 de aire hay alrededor de
1 mg de polvo que contiene 0,003 mg de plomo. La dosis de plomo ingerida
cada día por la respiración es, pues, de O,03 mg a 0,05 mg; sabemos que el
saturnismo sólo aparece tras la absorción de 1 a 2 mg de plomo al día durante
cierto tiempo. Además, la cantidad media de plomo contenido en la orina de los
ciudadanos examinados en Londres es del orden de 0,02 mg cada 24 horas,
cifras muy próximas a la normal. Esta cuestión fue sometida a examen por el
Consejo Superior de Higiene de Francia en el año 1962, y la opinión de los
toxicólogos más expertos permitió establecer la reglamentación del empleo del
plomo-tetraetilo como antidetonante.
Los gases de escape de los motores Diesel son más molestos que nocivos;
debido a que estos motores son de una regulación difícilmente constante a causa
de la variabilidad de los aceites pesados, las calles resultan generalmente
contaminadas por humos malolientes y desagradables. Pero parece bien
demostrado que la proporción de óxido de carbono desprendido es muy inferior
a la de los motores de gasolina, no sobrepasando del 1 al 2 %.
Indudablemente, en las ciudades industriales nuestros pulmones están sometidos
a una ruda prueba si pensamos que en Londres, por ejemplo, el depósito total de
polvo por m2 y año era, en 1932, de 89,5 g; en Ashington y en Northumberland
este depósito alcanza los 220 gr por m2 y año.
La opacidad de numerosas radiografías pulmonares no hace más que reflejar la
importancia del depósito pulverulento que tiene lugar en nuestro aparato
respiratorio y, si pensamos en su sensibilidad y su permeabilidad a los productos
tóxicos, concluiremos que hay que encaminar nuestros esfuerzos en la lucha
contra el peligro de los polvos y los humos. La vegetación sufre, como liemos
visto, la acción nociva de la atmósfera de las ciudades por oclusión de los
órganos de respiración de la hoja; por ello ha sido necesario sustituir algunos
árboles frágiles, como el castaño de indias, por especies más resistentes, como el
plátano o la sófora.
Respecto a las piedras, a menudo soportan mal la acción corrosiva del anhídrido
sulfuroso, cuya formación es constante en la combustión de la hulla, que
contiene una pequeña proporción de azufre.
El contenido en anhídrido sulfuroso de la atmósfera de París es variable según
las estaciones, pero si se evalúa en 8 millones de toneladas el consumo anual de
carbón de esta aglomeración, como se admite un contenido medio del 1 % de
azufre en el carbón, esta cifra representa 80.000 toneladas de anhídrido
sulfuroso. No es sorprendente, pues, que la acidez del agua de un pluviometro
colocado en la torre Saint-Jacques se eleve a 129 mg por litro en verano y a 493
mg por litro en invierno, expresado en ácido sulfuroso.
Estas son las causas de contaminación de la atmósfera de las ciudades; a medida
que se conocen mejor se combaten más eficazmente, pero difícilmente se
concibe un «acondicionamiento» perfecto del aire en las aglomeraciones, y los
ciudadanos tendrán siempre la ineludible necesidad de ir de vez en cuando al
campo para hacer una cura de desintoxicación.
Por supuesto, al lado de estos elementos normales del aire constantemente
respirados, hay otros accidentales: los gases industriales, tal como se ha indicado
en el capítulo relativo a las relaciones dc la toxicología con la higiene industrial;
análogamente, los gases agresivos requieren una protección especial y medidas
particulares, llamadas «dc defensa pasiva», cuya exposición se sale de los
límites de esta obra.
Al lado del problema de la contaminación del aire de las ciudades hay, en efecto,
muchos otros problemas de higiene general que están en estrecha relación con la
actividad normal del toxicólogo. Tales son las cuestiones relativas a la desinfección
y a la desratización.
Muchas legislaciones imponen la desinfección de la habitación y la cama tras la
presencia de un paciente de enfermedad contagiosa declarada; el estudio del
modo de acción de los agentes desinfectantes que aseguran la destrucción total
de los gérmenes patógenos debe ser sancionado por las autoridades competentes
antes de que ci procedimiento y el reactivo de desinfección puedan usarse. Así,
el formol, el trioximetileno y el anhídrido sulfuroso se emplean con este fin,
según muy diversos procedimientos.
Desde hace algunos años, el estudio de los aerosoles microbianos ha mostrado
que el contagio puede tener lugar por el aire, y que algunos factores físicos,
como la humedad y la presión atmosférica, juegan un papel importante. Pero la
presencia de un antiséptico, incluso en dosis pequeñas, transforma el aerosol
microbiano vivo en aerosol muerto. Esto puede ser un procedimiento continuo
de desinfección que rinda grandes servicios y con toda garantía, ya que las
sustancias empleadas finamente pulverizadas a grandes diluciones no son
peligrosas para el hombre y, en cambio, destruyen los microbios en suspensión
en la atmósfera.
En las ciudades, y sobre todo en los puertos, debe asegurarse la destrucción de
las ratas, animales muy peligrosos como propagadores de enfermedades
contagiosas, porque las ratas infectadas que se hayan introducido suponen un
riesgo para la salud. Por este motivo se debe asegurar la desratización de los
navíos en las condiciones prescritas y según los procedimientos aprobados. Los
tóxicos empleados con este fin son el anhídrido sulfurosos la cloropicrina, el
ácido cianhídrico o el óxido de etileno, pero su utilización no carece de peligro
para los que los manipulan; para fijar las condiciones de empleo de estos tóxicos
sin ocasionar peligros en las proximidades, existen normas reglamentarias.
La destrucción de los parásitos del hombre durante el retorno de los desdichados
deportados y prisioneros en 1944-46, pudo practicarse sin peligro gracias al
empleo de productos inofensivos para el hombre y muy activos contra los
parásitos, como el hexaclorociclohexano (HCH) y el diclorodifeniltricloroetano
(DDT). Nunca se insistirá bastante sobre este notable progreso en la lucha contra
las epidemias.
Estos ejemplos palpables de problemas de higiene y urbanismo indican que sólo
puede evitarse el peligro de las sustancias tóxicas o nocivas dictando, en todos
los casos, reglas estrictas para la protección de la salud humana.
Toxicologia e higiene general
Published on Abril 25, 2008
in toxicología.
Tags: consejo superior, del aire, gases nobles, hogares, metro, mezcla, miligramos, nocivo, pura, sin embargo, toxicología, tubos.










