Toxicología y medicina legal

Toxicología y medicina legal
El toxicólogo puede ser llamado a intervenir en un dictamen judicial en casos de
envenenamientos criminales, suicidas o accidentales.
Envenenamientos criminales. — En la Antigüedad, y sobre todo en la Edad
Media, estuvo en boga, sin lugar a dudas, el envenenamiento criminal. Por
ejemplo, esta fue en el siglo xvii la temible arma de los Borgia, o el medio usado
a menudo por la marquesa de Brinvilliers; después, en el siglo XIX, los casos
Lafarge y Danval llenaron las crónicas de la época, así como los casos Boccarmé,
Couty de La Pommeraie, o Gibbone. El relato de estos casos criminales se
ha repetido muchas veces; sólo creo interesante aquí resaltar las enseñanzas
útiles de cada uno de ellos.
El caso Lafarge fue el origen de los trabajos sobre el arsénico normal en los
tejidos. ¿No afirmó Raspail que se comprometía a encontrar arsénico por todas
partes, incluso en el sillón del presidente del Tribunal? Esta no era la opinión de
Orilla, y de ello resultó una célebre polémica. Fueron necesarias muchas
investigaciones realizadas desde entonces por investigadores tales como A.
Gautier y G.. Bertrand para probar la gran difusión de este veneno en la
naturaleza y su presencia normal en el cuerpo humano, lo que, en consecuencia,
hizo más prudentes las conclusiones de muchos expertos.
A propósito de la investigación de la nicotina en las vísceras, durante el caso
Boccarmé, el gran toxicólogo belga Stas indicó, en 1836, la técnica de
extracción de venenos alcaloideos, que es todavía el fundamento de las que se
emplean en la actualidad.
Los métodos fisiológicos fueron introducidos en toxicología durante el caso
Couty de La Pommeraie, en 1863. Como quiera que las reacciones químicas de
la digitalina eran de una sensibilidad y de una especificidad insuficientes,
Tardieu y Roussin propusieron el ensayo fisiológico del veneno extraído de las
vísceras. La adopción de una técnica semejante tuvo lugar con dificultades y con
violentas discusiones, pero la autoridad de Claude Bernard hizo admitir lo bien
fundado de este modo operatorio. Desde entonces el veneno de la digital se
detectó por la técnica fisiológica que ha llegado a ser clásica. Sólo en el curso de
los debates del caso Becker, en Lieja, hace algunos años, se formuló una nueva
crítica sobre la especificidad de esta reacción. En efecto, como sea que se ha
demostrado que desde el punto de vista químico existe un gran parentesco entre
la digitalina y el colesterol o las hormonas sexuales, constituyentes normales del
organismo, los abogados de la defensa objetaron que durante la putrefacción de
los cadáveres podrían formarse, a partir del colesterol o de estas hormonas,
productos que tuvieran una cierta actividad digitálica. No obstante, el valor de
esta argumentación no fue demostrado. Vemos, a este propósito, cómo el
toxicólogo debe seguir el progreso científico para poder responder a todas las
objeciones.
Del caso Gibbone, en 1872, hay que retener un consejo de prudencia para todos
los toxicólogos; debido a la formación de unos alcaloides durante la putrefacción
de los cadáveres, las ptomaínas, la investigación de los venenos alcaloideos por
reacciones químicas puede ser causa de error. En efecto, ambas clases de
venenos orgánicos a veces dan respuestas análogas con algunos de los reactivos
empleados. Los trabajos de Selmi y de Armand Gautier gozan de autoridad al
respecto; conviene confirmar las reacciones observadas con los residuos
alcaloideos procedentes de la extracción dc las vísceras con ensayos físicos o
biológicos, para evitar toda conclusión susceptible de tener consecuencias
judiciales graves.
A estos casos criminales debemos lo esencial de la técnica empleada
actualmente para las investigaciones toxicológicas y podemos suponer que los
envenenadores criminales se encuentran inermes ante la perfección de los
métodos de investigación. En efecto así es, y en la actualidad el número de
crímenes por envenenamientos es muy limitado en los países civilizados. Si
consultamos las estadísticas sobre envenenamientos criminales perpetrados
desde hace un siglo, constatamos que se han empleado los tóxicos más diversos
y que algunos siempre están en boga pese a su relativa facilidad de detección;
son los venenos que los criminales pueden procurarse con bastante facilidad,
tales como el arsénico o la estricnina; el fósforo, durante mucho tiempo fue de
los más empleados, pero, desde que el fósforo blanco de las cerillas se ha
reemplazado por los derivados fosforados no nocivos, la trágica popularidad de
la «sopa de cerillas» ha desaparecido.
En realidad, estas son armas de envenenadores ignorantes, pero no debe
descartarse la posibilidad de intoxicaciones criminales premeditadas científicamente.
Precisamente, hace pocos años se atribuyó la muerte de un médico
californiano al radio introducido en la caja del reloj de la víctima, cuya acción
nociva se desarrolló de manera insidiosa durante mucho tiempo. Estamos, pues,
muy lejos del «Aqua Toifana» y del empirismo de los envenenamientos del
Renacimiento.
Cualquier hipótesis es posible cuando nos encontramos ante un crimen que se
presume pueda ser por envenenamiento, y el toxicólogo debe estar prevenido
sobre tales posibilidades de delito relacionadas con el progreso científico.