Venenos plasmáticos
Sabemos que uno de los cometidos primordiales del plasma es la regulación del
equilibrio ácido-base y la reacción de defensa contra los trastornos de acidosis o de
alcalosis que se esfuerza en compensar.
Siempre que el contenido de anhídrido carbónico de la sangre aumenta, se observa
una perturbación de esta función y una disminución de la reserva alcalina. Esta
acidosis gaseosa, que se produce frecuentemente en patología, tiene lugar también
al respirar un aire demasiado cargado de anhídrido carbónico; se produce
igualmente cuando, debido a la acción tóxica de algunos gases, disminuye la
superficie respiratoria pulmonar por formación de edema, por ejemplo. Es el caso
del cloro, del bromo, del oxicloruro de carbono, etc. La sobrecarga en anhídrido
carbónico de la sangre proviene entonces de la insuficiente expulsión de este
producto de desecho. Efectivamente, Underhill y sus colaboradores observaron una
acidosis en perros sometidos a la acción del cloro, del oxicloruro de carbono o de la
cloropicrina, y la explicación parece perfectamente plausible.
Entre los tóxicos capaces de provocar una ruptura del mecanismo de regulación,
neutralización, se puede citar igualmente el cloroformo y, en menor grado, el éter,
de uso corriente en anestesia y en la industria.
Además, el plasma desempeña un papel importante en la neutralización de la acción
tóxica de algunos metales pesados, como el mercurio o el bismuto. Sabemos que
los compuestos mercuriales se transforman rápidamente en compuestos albuminomercuriales
en contacto con las albúminas del plasma, y una gran parte del
mercurio permanece en la sangre en forma de este complejo, de toxicidad muy
reducida. El bismuto circula por la sangre o, más exactamente, por el píasma, en
forma de un compuesto orgánico, llamado bismoxil por Levaditi.










